Tensión
Renunciar a la comodidad de estar de acuerdo con todo el mundo trae problemas. Problemas que se pueden evitar.
Hay respuestas que vibran en frecuencias acomodadas a la melodía principal y la armonizan. La refuerzan. Otras elevan la tensión, te ponen en guardia, te sacan de tu refugio. Disonan. Como un “hijo de puta” en el momento correcto de una frase.
Con mis amigos he discutido mucho, pero siempre desde un lugar extraño, el afecto. Más de dos décadas confrontando ideas, sin elevar el tono, con humor y cariño. Refriegas que solían acabar abrazados borrachos en bares. Cuando veo personas odiando a otras que ni conocen por ideas siempre pienso que les falta calle.
Hay un clip en mi memoria. Diez segundos, pero muy nítidos.
Rodri y yo. Los dos con greñas (ahora lo llaman mullet), pantalones esperpénticamente anchos y palestinos de rigor. Con quince o dieciséis. Hablábamos de política con más intuición que argumentos mientras cogíamos un bus, el 32, camino al centro. Decíamos — al tiempo que picábamos el metrobus el uno detrás del otro — que ambos teníamos unas ideas, que en general encajan más con lo que considerábamos izquierda en ese momento. Pero lo importante no era dónde encajaban. Era que, antes que la política, estaban las ideas. Y se me quedó en una carpetita de la memoria por alguna razón.
Escapar de los marcos es una cerrera de fondo. Requiere integridad y fortaleza. Es como dejar de beber y tener que aguantar los: “¿Porqué no bebes?””¡Una cerveza no pasa nada!” Una y otra y otra vez.
Ser coherente con una ideología es relativamente fácil. Lo difícil es ser honesto con lo que piensas realmente. Con las consecuencias que eso conlleva: el vacío, las discusiones, la contradicción interna, la bromas. El aceptar que has estado equivocado en ciertas cosas durante años. Y que no pasa nada. Aprender a argumentar. Aspirar a la verdad siempre. Os lo digo por experiencia. A veces me cruzo con personas que ligan su identidad o su estética a un paquete de ideas. Y me pregunto cuánto margen real tienen para cambiar de opinión sin desmontarse por dentro.
Cuando más rapeaba, más estrecho vestía. Cuantas más oportunidades tenía de ligar, más quería estar solo. Siempre me ha atraído la contradicción de avanzar en una dirección mientras algo dentro tira justo hacia la contraria. La tensión. Ser capaz de vivir en ese espacio incómodo donde coexisten fuerzas que me recuerdan que algo no termina de encajar. Un lugar del que no puedes salir sin perder algo a lo que te aferras. Arriesgarse.
Ahora soy un facha, mañana seré un rojo. Ahora soy el malo, mañana un hombro en el que llorar. ¡Qué más da!
La tensión te transforma en un pensador autónomo. La vida deja de asustar. No temes el rechazo, no te autocensuras. La realidad se vuelve un compendio de miradas en las que cada uno tiene su parte de razón, a veces te callas antes de opinar. Y otras te toca meter la zapatilla en el charco. Romper la armonía.


“Ser coherente con una ideología es relativamente fácil. Lo difícil es ser honesto con lo que piensas” Y automáticamente he pensado en Ángel saliendo del cine de ver un peliculón diciendo “está mejor el libro” en voz alta….